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Clase 17
Artículos de Irene Scarlata

Escuela 5 Leyes Biologicas Nueva Medicina Ryke Geerd Hamer Articulos Irene Scarlata Argentina

Irene Scarlata es licenciada en Psicología y especialista en tarapias complementarias. Se inicia en el estudio de las Leyes Biológicas en el año 2000 y a partir del 2002 las incorpora a su trabajo como terapeuta.

Desde el año 2005 se dedica a la difusión de las Leyes Biológicas dictando cursos y seminarios. Fue disertante en el I Congreso Mundial de Medicina Integrativa 2012. Ha sido alumna de Marco Pfister, Luis Felipe Espinosa, Itziar Orube, Guillermo Hernández Plata y Sergio Rozenholc.

Este material ha sido revisado y rectificado por la Escuela de las Leyes Biológicas en cuanto a contenido técnico, vocabulario y forma.
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Lista de artículos:

1. El dolor no espera.
2. Paciencia, estamos en un cambio de paradigma.
3. El aislamiento de la manada.
4. Un cuento de ciencia y ficción.

 

1. El dolor no espera.

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“El dolor es para la humanidad un tirano más terrible que la misma muerte”.
Albert Schweitzer

En general ponemos mucho énfasis en la importancia de identificar el conflicto fuente de los problemas. Considero que no hemos hablado lo suficiente de dos aspectos que conllevan a veces extrema urgencia: el diagnóstico y el dolor.

El diagnóstico

A partir del mismo Dr. Hamer en adelante, mucho se ha hablado sobre lo iatrogénico del diagnóstico. Un diagnóstico calificado como grave, terminal o peligroso genera demasiados miedos: a sufrir, a la muerte o al dolor que causará a sus seres queridos. Surgen las consabidas preguntas: ¿por qué a mí? o ¿qué hice yo para merecer esto?

La "enfermedad" es sentida como un castigo edificado por el pensamiento mágico religioso que aún opera activamente en nosotros. El diagnóstico actúa entonces como un fantasma cruel que acecha, consumiendo las posibilidades de razonar objetivamente. Este fantasma articula desde la imaginación un escenario temido. Se convierte en una obsesión, en una imagen impresa en la fantasía. Entonces, surge la necesidad poderosa de destruir esta alegoría con hechos reales y concretos: un tratamiento urgente que someta al fantasma y calme la angustia.

Desde el momento en que alguien acude al consultorio con una inmensa carpeta colmada de estudios, sé que urge la necesidad de trabajar con el fantasma escondido. Desde las 5 Leyes Biológicas sabemos que esa carpeta, vestimenta externa de la temida muerte imaginada, genera una cascada de nuevos conflictos que lo ponen en una situación que percibe como “sin salida”.

En esta situación es muy importante atender la urgencia subjetiva antes que el conflicto primario. La persona sufre el miedo al fantasma, sufre ahora y sufre mucho. El conflicto inicial por otra parte probablemente ya esté resuelto y sólo parece letal en la imaginación.

La medicina oficial recién está tomando conciencia de lo nocivos que resultan términos como "tumor" o "cáncer". Los médicos jóvenes son mucho más comprensivos de este fenómeno: no han desarrollado todavía el aplanamiento emocional como defensa frente al dolor ajeno. Son mucho más cuidadosos a la hora de describir patologías, prefiriendo términos menos contundentes. Están aprendiendo a tratar a la persona y no al tumor.

Así y todo el miedo sigue presente, las personas siguen llegando a la consulta con su carpeta llena de estudios, el fantasma lo sigue acechando desde las sombras. Entonces... ¿Por qué es iatrogénico el diagnóstico? … para pensar.

El dolor

A veces recurren a la consulta con un dolor somático que abruma. Mucho se habla de lo iatrogénico del diagnóstico, pero poco de lo que representa el dolor y el tratamiento.

El dolor recae en lo real del cuerpo, a diferencia del diagnóstico. Como sabía Freud, el dolor impacta en aquello más denso y cargado de significado para el Yo: mi cuerpo. El dolor puede afectar el apetito, el sueño, la propia vitalidad, el estado anímico y hasta las relaciones con los demás. Se llega a sentir que es imposible deshacerse del dolor, que se está en un ciclo interminable de sufrimiento, insomnio y angustia. El dolor tiene primera prioridad, obnubila la mente e impide cualquier consideración fuera del presente sufriente. La persona vive solo su dolor.

Es ineludible atender la urgencia, la situación no permite otra cosa. Como profesionales de la salud nuestro deber es ayudar a sobrellevar la emergencia. Debemos darle prioridad al dolor, aliviarlo como podamos y, sobre todo, hacerle saber a la persona que no está sola aunque no podamos compartir su dolor.

En este punto también la medicina oficial está intentando cambios profundos. Se analiza el dolor desde una mirada integradora y multidisciplinaria, considerando factores biológicos, mentales y del entorno, como explicó el Dr. Jorge Vivé en la presentación de su libro: “Bases para el manejo del dolor”. Se lo considera hoy un signo vital a tener en cuenta a la hora de evaluar el estado general.

A la luz de las Leyes Biológicas descubiertas por el Dr. Hamer, el dolor recicla continuamente el conflicto volviendo a cursar reiteradas fases activas de estrés y de resolución, cronificando el proceso. El dolor puede en sí mismo actuar como el conflicto desencadenante o bien activar nuevos conflictos (shocks) biológicos. Por tal motivo es necesario trabajar con el dolor, disminuyendo su intensidad para alcanzar la normotonía y concluir el ciclo.

Se hace hincapié en que la aplicación de ciertos medicamentos alarga el proceso de recuperación. Por otra parte la experiencia clínica muestra claramente que el padecimiento de un dolor intenso y persistente también devuelve a la Fase Activa y demora la recuperación. El dolor puede alargar el tratamiento, los medicamentos contra el dolor también. Se torna imprescindible considerar cada situación en particular, evaluando cuáles son las mejores herramientas para el caso concreto.

Cada individuo compone un mundo diferente, con un umbral de tolerancia al dolor que le es particular. A medida que el dolor persiste o aumenta, el margen de tolerancia tiende a cero y se agota la resiliencia.

Tanto el diagnóstico como el dolor definen la gravedad actual del estado de la persona, más allá del conflicto causante. La búsqueda pertinaz del conflicto inicial que desencadenó el proceso, que erróneamente llamamos "enfermedad", nos distrae de la empatía fundamental para comprender lo primordial a remediar: el sufrimiento.

Así como el oncólogo debe tratar a la persona y no al tumor, tenemos nosotros la obligación de tratar al "paciente" y no al conflicto.

 

2. Paciencia, estamos en un cambio de paradigma.

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Pertenezco a las generaciones nacidas en la posguerra. Nos atraviesa el lenguaje bélico, impuesto por una cultura aterrorizada y paranoica. En las áreas dedicadas a la salud ha pasado a ser habitual hablar de la "enfermedad" como "un ataque del enemigo a quien debemos combatir”.

A partir de los años 70 se ha realizado un esforzado intento en la lucha contra el cáncer. En su artículo: "¿Guerra o negociación?" Juan Javier Sánchez Carrión detalla de forma irónica nuestras costumbres lingüísticas al referirnos a los enemigos patógenos: … "entre el 2000 y el 2020 habrá en el mundo 20 millones anuales de enfermos y diez millones de muertos", y se hace un llamamiento a la lucha contra ella, con el fin de ganarle la batalla (El País, 5 de febrero de 2000).

La carta hace recordar otra toma de posición que en su momento adoptó el presidente Nixon, a principios de los años 70 (National Cancer Act de 1971), en la que declaraba formalmente la guerra a esta "enfermedad". El resultado de esa guerra, por mucho que se ofrezcan datos que dan a entender lo contrario, es que, lejos de llevar a la victoria contra el cáncer, desde el comienzo de las "hostilidades" la mortalidad por esta causa no ha hecho otra cosa que aumentar.

Nacimos con un temor instaurado al ataque inesperado de "enfermedades" que al azar podríamos contraer. Crecimos con la necesidad de lo que llamábamos: “prevención”, haciéndonos controles rigurosos, vacunándonos y alejándonos de espacios que temíamos por el riesgo al contagio. La prevención solo consistía en la detección temprana de "enfermedades idiopáticas, autoinmunes, genéticas o infecciosas". Se trataba de evitar el riesgo de un ataque, con los mecanismos y conocimientos que poseíamos, pero no se podía prevenir sin saber a ciencia cierta cuál era la causa. La génesis de lo que llamábamos "enfermedades" era una inmensa interrogante.

A través de 35 años de investigaciones, el Dr. Hamer propone un cambio de paradigma, interpretando las "enfermedades" como programas naturales específicos que velan por nuestra supervivencia. Llega a reconocer la génesis, abriendo así un nuevo panorama, ya que conociendo cómo se configuran podemos ahora sí prevenir, comprender y acompañar el proceso. Hamer nos convoca a Interpretar el ritmo natural del devenir de nuestros cambios biológicos. Entonces, hoy podemos vivir sin miedo ni pánico los incidentes que ocurren en nuestro organismo.

Estamos transitando un punto de inflexión. Representamos la generación del cambio y este cambio de paradigma nos afecta. Podemos entender el planteamiento lógico que nos propone el Dr. Hamer, pero debemos reconocer que todo cambio impone un gran esfuerzo de nuestra parte.

Impregnados del lenguaje bélico, transitamos el vaivén de la variación. Podemos entender el nuevo paradigma, pero para llegar a comprenderlo es necesario experimentarlo durante años, a partir de pequeños síntomas cotidianos. No es fácil comprenderlo de un día para el otro, menos aun cuando estamos bajo la presión de un diagnóstico terminal.

Cada uno irá transitando la experiencia y viviendo el cambio a su debido tiempo. No se puede incitar a nadie a entender si aún no está preparado para hacerlo. El Dr. Hamer expresa: “nunca hay que tratar de forzar a alguien hacia las Leyes Biológicas, aun si es tu mejor amigo. Solamente fomentarías problemas y remordimientos de conciencia, dando como resultado falla en el tratamiento y, finalmente, sentimientos de culpa.”

Debemos reconocer que, incluso aquellos que respaldamos este nuevo paradigma, estamos atravesados por nuestra cultura y nuestros hábitos de pensamiento. Más de una vez nos encontramos hablando de la lucha contra lo que padecemos o bien nos enfrentamos al miedo que provoca un dolor invalidante que nos apremia. Caemos indefectiblemente en la búsqueda de la técnica sanadora.

Se percibe cómo se tiende a “psicologizar” el shock biológico y se distingue la mirada lineal sobre la triada psiqued-cerebro- órgano. Constantemente emergen las viejas convicciones y todo esto forma parte del proceso que plantea el giro ineludible de nuestras creencias.

Vamos en camino y cada vez estamos más cerca del objetivo. Somos ya muchos los que indagamos una nueva mirada y apoyamos las investigaciones del Dr. Hamer, pero necesitamos paciencia y mucha perseverancia para transitar los vaivenes lógicos del cambio.

 

3. El aislamiento de la manada.

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Mirando el ser humano en la integridad de las partes que lo componen, podemos relacionar mente, cuerpo y espíritu en un diagrama que se nutre, tensiona y recompone organizando el crecimiento general y adaptativo del individuo.

En esta relación ineludible, los aportes del Dr. Ryke Geerd Hamer han sido enriquecedores y representan verdades ineludibles que se confirman en cada caso que se quieran aplicar.

Un tema que ha sido ampliamente difundido es cómo influye en la persona una situación de estrés o shock traumático, que el Dr. Hamer denominó conflicto biológico.

Según lo definido por el Dr. Hamer en la Primera Ley Biológica, todo conflicto biológico se compone de características definidas:

  • Grave: la persona lo percibe como grave.
  • Inesperado: es algo que sorprende, no es algo que se espera o se ve venir, no hay tiempo para prepararse.
  • Vivido en aislamiento: la persona se siente aislada, en soledad ante su conflicto.
  • Agudo: sucede en una fracción de segundo.

A partir de esta primera vivencia del conflicto biológico, se presentarán manifestaciones clínicas como resultado de un proceso natural de adaptación y supervivencia.

El punto más refutado de la Primera Ley Biológica ha sido la importancia de la vivencia de soledad y aislamiento en el conflicto. Los párrafos posteriores refieren a la investigación realizada de este cuestionamiento con el fin de llegar a una conclusión que aporte un granito de arena a tanto conocimiento generado por este médico alemán.

La importancia del desarrollo evolutivo del cachorro en la manada es un tema íntimamente relacionado a la vivencia de aislamiento que experimentamos ante cualquier conflicto biológico, seamos infantes o adultos.

Desmond Morris, zoólogo y etólogo británico, en su libro de divulgación científica publicado en 1967, "El mono Desnudo" explora con sagacidad las características animales que hacen peculiar a la especie humana.

En este retrato zoológico del homo sapiens, Morris nos nutre con detalles interesantes sobre la importancia de la manada en la supervivencia del cachorro humano ya que depende fundamentalmente de otros. Morris piensa que el homo sapiens es el resultado evolutivo del mono y el lobo, a partir de esta mezcla natural que somos, explica en su libro las conductas adaptativas que tuvimos que crear para sobrevivir en la sabana árida.

"Ahí tenemos a nuestro mono desnudo, vertical, cazador, fabricante de armas, territorial, neoténico, cerebral, primate por linaje y carnívoro por adopción, dispuesto a conquistar el mundo; pero es un producto novísimo y experimental, con frecuencia los modelos nuevos presentan imperfecciones".

Morris reconoce en su libro las teorías evolutivas que representan un eje principal para la comprensión de las 5 Leyes Biológicas, su pensamiento de se une a lo referido por la genetista argentina Dra. Elba Martínez Picabea de Giorgiutti, quien a través de sus investigaciones concluye: "Nosotros que nos consideramos los amos del Universo, somos apenas los recién llegados".

Por mucho que pretendamos ignorar la herencia genética de nuestro pasado evolutivo, el ser humano sigue siendo un primate. Aunque nos creíamos la última copa de agua del desierto, resultamos ser lo más novedoso y experimental, aún intentando generar abruptas adaptaciones.

Este primate auto denominado homo sapiens aún en pleno desarrollo, es más vulnerable que cualquiera de las especies generadas anteriormente por la evolución. Es el único habitante actual o pasado del planeta que necesita del cuidado de los otros para sobrevivir durante mucho tiempo. Somos los más desvalidos.

Para entender los procesos necesarios de adaptación y la vulnerabilidad que recae en nosotros, los homo sapiens, debemos incluir el concepto de Neotenia, acuñado por Arthur Kollmann, en 1885. Una definición sencilla y clara para comprender la neotenia (del griego neo-joven, y teinein-extenderse) nos dice que es uno de los proceso que se caracteriza por la conservación del estadio juvenil en el organismo adulto, en comparación con su ancestro u organismos cercanamente emparentados, debido a un retraso pronunciado del ritmo de desarrollo corporal en relación con el desarrollo de las células germinales y órganos reproductores, que se lleva a cabo normalmente.

Podemos decir que la neotenia es un fenómeno que describe la retención de las características de individuos inmaduros más allá de la madurez sexual. Es un fenómeno que se da en varias especies y algunas corrientes postulan que la especie humana es también una especie neoténica, como lo referenció Desmond Morris.

Un cambio en nuestro ADN nos permitió un periodo de desarrollo postnatal más largo: un cráneo con características juveniles durante más tiempo, una proliferación celular más prolongada y capacidad durante más años de variabilidad (plasticidad neuronal) y desarrollo del encéfalo. Este retraso madurativo con respecto a otros primates se ha convertido en una de nuestras mayores ventajas. Nuestro cuerpo dedica más tiempo para desarrollar el encéfalo más evolucionado con útiles consecuencias como el lenguaje, una mayor capacidad de gestión social y variabilidad de comportamientos.

Stephen Jay Gould, un investigador que influyó en el ámbito de la biología evolutiva, ha sido uno de los principales defensores de la tesis que sostiene que los humanos son especies neoténicas en comparación con sus parientes cercanos como el chimpancé. Gould asegura que existe un acentuado enlentecimiento de los ritmos de desarrollo a partir de nuestra neotenia, obteniendo un periodo de gestación muy largo, una infancia notablemente extensa y una esperanza de vida superior a la de cualquier mamífero.

De esta manera, nos hemos convertido en seres vulnerables que necesitamos de grandes cuidados al nacer y estamos obligados a dotarnos de una familia y de una sociedad que nos contenga, ampare y nutra.

A modo de resumen, haremos un cuadro básico que demuestra la lentitud del desarrollo del humano en relación a los primates, según Morris:

El Cachorro Primate

  • Cuando nace su cerebro ha alcanzado ya el 70 por ciento de su tamaño adulto y definitivo.
  • El restante 30 por ciento de crecimiento es alcanzado rápidamente durante los seis primeros meses de vida.
  • Incluso el cerebro del joven chimpancé alcanza su pleno crecimiento a los doce meses del nacimiento.

El Cachorro humano

  • Al nacer, su cerebro solo posee el 23 por ciento de su tamaño adulto y definitivo.
  • El crecimiento rápido prosigue durante los seis primeros años.
  • Se alcanza el pleno desarrollo a los veintitrés años aproximadamente.

Podemos concluir entonces que a través del desarrollo evolutivo, el homo sapiens se convirtió en la criatura más indefensa de todas las especies en los primeros años de vida, dependiendo del grupo social que lo contenga, alimente y defienda frente a las adversidades que la vida le presenta. Por lo tanto, requiere de un excesivo cuidado y protección.

Frente a esta vulnerabilidad el hombre tiende al cooperativismo, tanto para la caza como para el largo trabajo del cuidado de sus crías. Posee un comportamiento gregario en determinados casos para conseguir un objetivo común.

La mayoría de los conflictos biológicos se manifiestan por primera vez en nuestra tierna infancia, comenzando en el propio parto o seguramente antes. Sentimos la indefensión frente a los depredadores en cada momento, necesitando del acompañamiento familiar por mucho tiempo hasta para aquello tan primordial como conseguir el alimento. Entonces, para el cachorro humano, el apoyo de la manada es fundamental.

Por más que nos creamos súper héroes, inconscientemente hay un registro ancestral de necesidad vital de la manada. Hay un recuerdo que invoca aquellas primeras tribus donde las mujeres se reunían formando equipos para nutrir y cuidar de sus crías largamente inmaduras e incapaces de sobrevivir.

Así surge en nosotros la necesidad de supervivencia que nos brinda la manada, por lo tanto desde muy pequeños activamos conductas de comunión con los principios/creencias de nuestro grupo social con el objetivo de no ser rechazados y abandonados. El miedo al abandono representa una de las emociones básicas, ya que desde el principio concebimos que el abandono está íntimamente relacionado con la muerte. Inconscientemente sabemos que necesitamos de la contención grupal para sobrevivir.

Los hechos dolorosos se convierten en fantasmas antiguos de los depredadores que nos atacan y la amenaza de muerte se hace presente. Si además lo vivimos en aislamiento, sin el amparo del grupo social, la sensación de vulnerabilidad es infinita.

Es importante acompañar a las personas que se encuentran en estados críticos para permitirles sentirse seguros y amparados. La palabra de un amigo o alguna persona referente es fundamental. Cabe agregar además que es notable nuestra tendencia a opinar y esto puede actuar en detrimento del acompañamiento necesario por la persona que padece. Es posible que en la opinión personal recurramos a resoluciones que contradicen el sentir de la persona, generando sin querer una sensación de dolor, porque necesitamos sentirnos empáticos con las opiniones de nuestros seres queridos como símbolo inconsciente de inclusión y aceptación.

Frente a un conflicto biológico, deduzco entonces que es esencial sentirse amado, comprendido y cuidado por las personas queridas para no sentir una vivencia de aislamiento que perjudique aún más el propósito biológico de los malestares adaptativos que puedan surgir. A veces, un abrazo y palabras de amor son más que suficientes.

 

4. Un cuento de ciencia y ficción.

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Allá por la época en que cursaba sus días la Edad Moderna, vivió un señor llamado René Descartes, que jamás sospechó que se haría tan famoso por haber dicho “Pienso, luego existo”.

René, que taxativamente pensaba mucho  por miedo a dejar de existir, ni idea tenía de haber sido el fundador de la famosa Era Cartesiana. Se dice que dijo muchas cosas que jamás dijo y se olvidaron otras grandes verdades a las que dedicó mucho tiempo en pensar. Fue el primer hombre que nos descuartizó en dos grandes mitades: cuerpo-mente. En realidad sirvió de cortina de humo para tapar al verdadero responsable de la división: las bulas que decretaron, por los siglos de los siglos, que la medicina se dedicaría al cuerpo y la iglesia al alma (¿que el hombre no separe lo que Dios ha unido?). Las tribus que vestían taparrabos, que nada sabían de los romanos de vestido largo, jamás se enteraron de este Cisma fundamentalista. Por eso, “en su primitiva ignorancia”, hasta el día de hoy consideran al chamán como sacerdote y sanador.

A partir de René, la era cartesiana y su reduccionismo operaron a la manera de Jack el destripador. El reduccionismo médico llegó a las grandes especialidades, divididas en microespecificidades. Hoy la cartilla de una obra social tiene más de 200 categorías de especialistas: el traumatólogo de manos no es el mismo que el del pie, el gastroenterólogo no es proctólogo ni el dentista es periodoncista. El dolor es una entidad independiente tratada por el especialista en… dolor. La situación se complejiza cuando tenemos un “accidente interdisciplinario”… ¡y encima duele!

Recapitulemos: el cuerpo es pertinente al médico, la psiquis al psicólogo y el espíritu a la iglesia. Así vamos repartiendo trozos de nuestra existencia para ser reparados en diferentes confesionarios. Lllegamos a pleno siglo XXI, dilapidando fortunas en investigar la célula para comprender al Hombre.

Hasta que llegó un día en que algunos rebeldes juntaron sus retazos, los unieron en una sola entidad concluyendo que “El Todo es más que la suma de las partes”, el hombre es más que 20 uñas, 32 dientes y 80 billones de células… ¡claro!  Reunificaron esta entidad orgánica con el pensamiento y las emociones, reconociendo una unidad donde la sinergía de las partes hace un Todo complejo. Desde la Gestalt hasta la Teoría de los Sistemas, todo nos conforma y atraviesa. Más allá de la cohesión entre el sentir, pensar y actuar, debemos tener presente el entorno, la cultura  y nuestras creencias.

Como si esto fuera poco, agrega Jung que el inconsciente colectivo también nos afecta. Rudolf Steiner, con intolerable osadía, dijo que somos un espíritu encarnado y pisoteando la “tabla rasa” de Locke, agregó que somos seres espirituales nacidos con dones que debemos pulir. Como ya la hoguera estaba en desuso, decidieron entonces quemarle su centro terapéutico, el Goetheanum en Suiza.

El Dr. Ryke Geerd Hamer descubrió que los conflictos biológicos (la psique) son los responsables de la proliferación celular, los tumores y las úlceras; somos parte de la naturaleza y las propias Leyes Biológicas rigen nuestros designios. El cerebro humano es una recapitulación de toda la filogenia, es decir… que a veces ¡pensamos como ameba! Hamer terminó la integración y nos reunió con el resto de los animales.

Cuando Darwin insinuó que descendíamos del mono no le fue muy bien, imaginen entonces el destino del Dr. Hamer cuando sugirió que determinados programas se activan en nuestro cerebro y entonces sentimos como una ameba, un reptil o un mamífero. “Nosotros que nos sentíamos los amos del Universo, resulta que somos los recién llegados”, parafraseando a la Dra. Giorgiutti.

Lo expresado por Hamer al grito de ¡Eureka!, causó una herida narcisista imposible de digerir. Sus colegas se atragantaron con el bocado indigesto y decidieron excluir a Hamer de los claustros académicos. Como la hoguera ya estaba un poco demodé, consultaron con una junta psiquiátrica para declarar que este hombre estaba totalmente loco y se imponía enclaustrarlo sanitariamente.

Hamer une un retazo que había quedado perdido y nos clasifica dentro de los seres biológicos. Por ende, si comprendemos las leyes que rigen la naturaleza, podemos comprender cómo funciona nuestro organismo, desarrollando conductas adaptativas para la supervivencia.

Los descubrimientos de Hamer nos fuerzan a aprender de Psicología, Biología, la Teoría de la Evolución, Etología y Medicina, para llegar a comprender nuestras conductas y la etiología de las llamadas “enfermedades”.

Magnífica deducción la de Hamer, difícil de digerir, que me conduce a una pregunta aún sin responder: ¿por qué la Medicina se separó de la Biología?

 


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